domingo, agosto 21, 2005

Las Micros


Las micros son y seguirán siendo objeto de discusión. Que si el cobrador automático o si es necesario que los empresarios tengan el control, que deberían ser extranjeros, quien sabe.
Es tan difícil diferenciarlas ahora, con sus cuerpos amarillos, sus lomos blancos y sus tan uniformados 3 números que adornan su costado. Todas iguales, todas la misma y sin gracia.

Recuerdo que cuando chico era un show salir a la calle, casi un desfile de carros alegóricos. Múltiples colores (dependiendo del dueño) adornaban los distintos recorridos. Cuando uno tenía que tomar micro, se paraba en cualquier parte donde hubiese posibilidad que la micro pasara. No había necesidad de un paradero establecido. Era tan fácil como decir “me voy en una Yarur-Sumar” o en una “Macul Palmilla”. Uno sabía que eran verdes o que habían rojas, azules, blancas, moradas amarillas, etc. Claro que de repente habían confusiones, como por ejemplo entre la Yarur-Sumar, la Einstein-Sta. Rosa y la Colon-El Llano eran casi iguales, por lo que uno podía terminar en tres partes distintas (y distantes) de Santiago.

Era típico que cuando uno se subía a la micro (las liebres) la puerta de subida-bajada que estaba adelante (ya que sólo tenían una puerta y una de escape al fondo) era abierta sutilmente por el chofer a través de una manilla de metal con un brazo que se encogía con un peculiar y molesto chirrido. Uno pagaba su pasaje (60 pesos adulto y 15 pesos el escolar) directamente al chofer, quien recibía la paga en una caja especial para monedas revestida con algo parecido a un cotelé gastado. Luego, tomaba la manilla de la caja de cambios (con un tremendo cangrejo incluido) y con un gran crujido de metales, se ponía en marcha. Recuerdo que las ventanas se abrían de arriba hacia abajo (cuando habían) y siempre decían “capacidad: 21 asientos” y el famoso “no fumar” o “no devuelva su boleto, está cometiendo un delito”. Las rayaduras de los asientos sólo apuntaban a un objetivo: JJCC o muerte a Pin8, etc etc. Claro que también llamaban la atención esos autoadhesivos de “sin aceite no” (con una tuerca con piernas de mina y un tornillo con piernas de hombre) o “haciendo tocineta” (con los chanchos en la mejor pose) o esos del Jesús de los 80, como medio en café con rojo y una ostia en la mano (estaba en casi todas las casas). O el famoso “papito no corras” o “Dios es mi copiloto”. Esas micros eran incómodas, pero especiales. No había como no saltar en esos cacharros, y como las calles no eran muy buenas, doble salto. O triple si estaban echando carrera con los de adelante.
Era cosa de suerte encontrar entre tanta “Tropezón” “Carrascal Santa Julia” “Pedro de Valdivia Blanqueado” “Bilbao lo Franco” “Intercomunal” “Pila Cementerio” o “Pila Ñuñoa” una micro distinta, grande, con tres puertas llamada “Las Flores”; eran algo así como las minas ricas de las micros de antaño. Lo bueno era que, a pesar de ser tantas y tantas micros de distintos nombres y colores, para no perderse, habían sub recorridos. Era típico ver que habían Intercomunal 8A, 8B, 8C, 8D, 8E y hasta 8F. Habían tantas y tan distintos recorridos que era fácil perderse.

Pero luego con el tiempo vinieron las reformas de tránsito y ya no era tan entretenido. Claro, porque ahora todo era amarillo y blanco, con sólo números y unos recorridos que en la puta vida uno se atrevería haber pensado. Pero luego de 10 años del sistema amarillo, puedo constatar que sólo han cambiado por fuera. Sí, porque en el fondo nuestros empresarios y choferes han querido mantener ciertos aspectos de nuestra tradición micrística y nos brindan día a día ciertos fugaces recuerdos:

· Los sapos de las micros, con su inentendible “¡2 con 8 en la 37!” y la mano estirada para recibir la moneda
· Los vendedores de TODO lo que uno pueda imaginar, desde un lápiz hasta la colección completa de Sailor Moon para colorear o un juego de Chequeras, radio o personal, etc.
· Los asientos rayados con “Manuel y Juany” o “GB” o “LDA” y cantidad de recuerdos de partidos pasados.
· El salvador helado a cualquier hora
· El asiento que nadie quiere usar, que uno de pillo se va a sentar como diciendo “me los cagué a todos, ji,ji” y se da cuenta que: a) está vomitado; b) un niño dejó un helado en el suelo y es imposible despegar los pies para bajarse; c) el asiento está suelto y uno pasa pa’ abajo; d) hay alguien durmiendo debajo; e) no hay asiento; f) no hay piso y está disimulado por una goma.
· El fierro amarrado con alambre para que parezca confiable.
· La rica sensación veraniega del “despegado de espalda” cuando te vas a bajar, dejando marcada tu espalda en el asiento.
· Las benditas ventanas que, irónicamente, uno no puede abrir en verano ni cerrar en invierno.
· Los mil y un pegotines, colgantes, peluches, fotos, luces de colores, parlantes, luces intermitentes y quien sabe qué más que aparece en la cabina del conductor.
· La amable sonrisa del chofer al ver a un escolar. (si es un grupo, llega a carcajada)
· El suelo “limpio” con parafina, la que uno no percibe en un principio, pero que después de resbalarse todo el camino al siento y dejar la mochila en el suelo, nos deja marcado el pantalón para el resto del día con ese agradable aroma.
· Las instrucciones de “rompa el vidrio con el martillo” cuando no hay ningún martillo.
· El vidrio flexible, creado por nuestros choferes a base de bolsas plásticas como un sucedáneo del vidrio normal.
· El amigo del chofer, ese hombre sin cara, que sólo muestra su trasero al sentarse en la parte donde uno paga.
· La mina del chofer, la que asegura una pronta llegada a nuestro destino.
· El hijo del chofer, ese pequeño demonio que recibe la plata y se le cae al suelo y no te da el boleto y grita todo el camino para que el papá lo pesque.
· El timbre del pilar que no funciona, pero que tiene al lado un cordel que llega hasta el chofer y toca un timbre “de luz y sonido”
· El letrero de “baje por atrás” y cuando uno llega a la puerta de atrás dice “puerta mala”.
· El letrero de “la radio puede funcionar si ningún pasajero se niega”, pero igual uno se tiene que aguantar la radio a todo chancho. (y anda a reclamar)
· La micro en sí.


Es verdad que nuestro sistema de locomoción colectiva es algo bastante avanzado últimamente. Pero siempre hay que recordar que aspectos como estos lo han hecho especial, único y tan querido para nosotros los que aún no tenemos auto. Y es que, mal que mal, ¿qué haríamos sin las micros?

Scowy

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