lunes, septiembre 05, 2005

El barro en los zapatos

Hace poco me tocó asistir al entierro de un tío. Es una situación algo difícil y que cuesta de enfrentar sobretodo por los problemas comunicaciones que tiene mi familia. Plantiémoslo así: mi familia está separada en sectores. Un sector se considera el “bueno” otro el “rechazado” y un último, entre los que me considero, los “indiferentes”. Y es que mi familia, como tantas otras, tiene peleas que duran años de años, entre hermanos, hijos y padres, primos y las parejas de éstos. Y como todos deben opinar sobre el resto, las divisiones se acentúan aún más y la cantidad de gente en cada bando aumenta con el tiempo. Incluso muchos de los más jóvenes no sabemos la real razón de estas divisiones irreconciliables.

El punto es que mi tío, el hermano menor de mi madre ya fallecida, dejó este mundo para reunirse con los que ya lo habían antecedido, dejando una estela de tristeza y desazón. Claro que a diferencia de mi madre que murió en forma accidental, mi tío sufría de cáncer, por lo que su enfermedad duró cuatro largos años antes de que sucumbiera. Es más, tanto duró su calvario que los hermanos que ya no se hablaban volvieron a hacerlo; claro que terminaron descubriendo que seguían igual de diferentes y separados que al principio.

A mi tío no lo conocí mucho. Su pelea con mi madre y una tía que se dedicó a agrandar más la herida, ocurrió cuando yo apenas tenía unos 5 años, por lo que grandes recuerdos de él no tenía. Mi encuentro de adulto se produjo justo cuando velábamos a mi madre. Y fue chocante. Fue verme a un espejo dentro de 30 años o más. Ambos hablábamos de forma parecida, nos veíamos casi como padre e hijo. Pero para mí seguía siendo un extraño.

Sólo en sus últimos meses de su vida (y por una sugerencia de mi hermano) volví a visitarlo. Hablamos largas horas, pero de nada realmente sustancioso. En esos momentos era muy difícil para él estar en pie y realmente estábamos haciendo casi una visita protocolar, donde comenzaba a reconocer a mi tío. Por eso en las semanas siguientes lo llamé para saber algo más de él, de su salud y contarle todas las cosas cotidianas que yo estaba viviendo. Claro que el tiempo se apresuró un poco en agravar su enfermedad y finalmente ésta le ganó.

Y fue así como el domingo me encontraba con un primo y mi hermano esperando la carroza a la entrada del cementerio. Comenzaron a llegar los pariente que no conocía, los "buenos", los "rechazados" y los "indiferentes" con los cuáles nunca tuve contacto. También un par de primos y tías cercanos, pero la mayoría eran desconocidos para mí. Vi la tristeza en los ojos de la familia que se congregaba y de los amigos que despedían a mi tío. Recibí los abrazos de personas que había visto en fotos, me encontraban parecido a otros, que el primo no sé cuanto, que el tío no se quién y el mar de gente que avanzaba por el cementerio detrás del ataúd se me hacía cada vez más extraño.

Al llegar a la fosa previamente excavada nos detuvimos. El pastor comenzó a decir sus plegarias y luego mi primo, el hijo de mi tío, comenzó a agradecer a esas personas que no tenían nada en común entre ellas excepto conocer a mi tío. Su voz quebrada me hizo recordar mi propia voz cuando hablé en el entierro de mi madre donde también hubo tantas personas que jamás supe quienes eran. Y cuando se quebró, me quebré yo. Y no por el tío, que ya estaba tranquilo; ni por su mujer o sus hijos que quedaban desamparados; ni por su comunidad que ya no lo tendría; ni por sus poemas jamás impresos; ni por nunca haberlo conocido del todo bien. Me quebré al mirar mis pies y el de todos los presente ese día y lloré al darme cuenta que lo único que teníamos en común ese centenar de personas junto al ataúd era el barro en los zapatos.

SCOWY

1 comentario:

Héctor González Avilés dijo...

Excelente artículo, amigo Scowy.