sábado, abril 04, 2009

Crónica de una muerte anunciada

Cuando vi por primera vez su cara en la televisión, en los albores de este año, vi la muerte en sus ojos. No se cómo explicarlo, pero siempre supe que Felipe Cruzat, el niño que esperó durante meses un corazón que nunca llegó, se iba a morir. Algo me hizo sentir que tenía la muerte grabada en su rostro. Lamentablemente el tiempo me dio la razón.

Felipe dejó este mundo a pesar de todos los esfuerzos que su familia, los médicos, los organismos gubernamentales e incluso los equipos médicos de otros países hicieron todo para evitar su muerte. Y lo que más duele es que pudo haberse salvado. No es necesario que le demos muchas vueltas al asunto: el chileno es miedoso y cagón. Se llena la boca con que somos un país solidario, que nuestra gente es acogedora y que siempre da lo mejor de sí; pero al final del día, siempre nos damos cuenta que los chilenos son bastante egoístas. Y no hablo sólo del corazón que nunca apareció, hablo de la poca importancia que todos le dan al problema.

A nadie le importa porque a nadie le interesa la desgracia ajena. Sólo esperamos que pase para después demostrar con lágrimas en los ojos que realmente sentimos pena por el caso. Pero la pena no sirve de nada. La pena es pena, no son leyes, no es una nueva forma de pensar, no da un giro a todo lo conocido. La pena es como el miedo, paraliza. Y lo hace a tal punto que cuando se nos quita nos olvidamos de la razón de nuestra tristeza y volvemos a ser los mismos tipejos cagones de siempre.

Pero esperen todos el momento en que les pase a ustedes. Cuando le toque a tus padres, tu pareja o tus hijos, seguramente vas a cambiar de opinión y correrás a pedir un transplante, abogarás por la ayuda del gobierno, invocarás a Dios y su divina providencia para que tu familiar soporte todo. Y seguramente tu pariente se va a salvar, pero no por tus ruegos. Se va a salvar por la ley “Felipe Cruzat” que es un proyecto que se está votando en el congreso para que todos seamos donantes, excepto quienes firmen un papel en que admiten que no lo quieren ser. Es la única forma que se les ocurrió para remecer a la masa de flojos, ignorantes, indolentes o simplemente indiferentes que llena nuestra sociedad. Y tal vez no sea mala idea. Porque al chileno le gusta esperar todo. Le encanta que piensen por ellos, voten por ellos, les digan que hacer, cuando y donde vivir y bajo que parámetros su vida se debe mantener. El chileno no quiere cambios, los espera.

Por eso me da rabia. Porque Felipe murió esperando. Murió por la indiferencia de todo un país que habló de qué había que hacer, pero que nunca hizo nada.

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