martes, marzo 27, 2012

Discriminación

Los hechos acontecidos en el último mes a raíz del ataque salvaje e incomprensible de un grupo de neonazis a Daniel Zamudio y que lo han dejado primero en coma y luego con muerte cerebral, me lleva a indagar en que es lo que pasa con el chileno promedio.

Todos se vuelven monos reclamando la injusticia contra Daniel, la brutalidad y la impunidad en la que casi queda este caso. Sí, me hago parte de ello también. Me hago parte del reclamo del Movilh sobre la ley antidiscriminación que se tramitó sin los artículos primordiales para que realmente fuera efectiva (auspiciado por los senadores de RN y UDI junto con sus designados). Me hago parte del dolor y la impotencia de otra familia que se ve mutilada por la idiotez personificada en algunos.

Pero quiero dejar algo en claro. Daniel es algo que este país de pusilánimes necesitaba. Que le ocurriera es la única forma en que este país dejara de poner a la comunidad homosexual debajo de la alfombra como un lastre de raritos que simplemente hay que aceptar porque están enfermos. Es la punta de lanza para cambios sustanciales en este aspecto.

Daniel no será el único. Vendrá después un Raúl que sea peruano, muerto a golpes sólo por ser peruano. Una Lucía que sólo por ser ecuatoriana y negra será violada por otro grupo de imbéciles paladines de la pureza. Y la lista seguirá haciéndose más grande, llena de mártires de una causa mayor que la que cualquiera de esos tarados pueda procesar en su mente de hámster con alzheimer. La causa de ser diferente en este país es una lucha incansable. Y no estoy diciendo ser diferente por ser raro. Estoy diciendo el destacar de cualquier manera.

El chileno promedio parece sentirse cómodo en un ambiente en el que todos son igual de limitados que él, donde la TV es el centro y el reclamo contra el jefe es la plegaria diaria que todos comparten. El chileno promedio se asusta con lo distinto, le molesta que la gente piense distinto que la mayoría, se siente vejado si su fe es cuestionada aunque no la profese en lo más mínimo. Es parte de lo que llamaríamos, la masa inconsciente que repite un discurso. Todas las sociedades modernas la tienen. Es esa que se ríe del negro sólo por ser negro y temen que los asalte, que piensan que todos los asiáticos saben karate, que creen que todos los franceses son hediondos, que las mujeres son todas un pack de limpieza y que quien ha triunfado por talento es simplemente suerte, hijo de una persona poderosa o se acostó con alguien.

La forma de vivir tranquilo en este país es ser del promedio, sin llamar la atención, sin ser nada especial, sin ser una entidad única, sin tener opinión certera y crítica, sólo ser una rumiante vaca que se caga en la sociedad, pero no puede vivir sin ella porque al fin y al cabo tiene que comer su pasto; donde mis derechos siempre serán más importantes que los tuyos, aunque seamos iguales; donde lo distinto me asusta así que lo hago ver ridículo o peligroso.

Los neonazis chilenos, los grupos religiosos extremos y los políticos conservadores tienen un eje común: no aceptan la diversidad. Pero es esa diversidad la que hace de nuestra sociedad algo más productivo, algo mejor, algo lleno de posibilidades.

Todos hemos sentido discriminación de una u otra forma. Si dejas de sentirla te aseguro que llegaste al punto en que te volviste masa. Por eso prefiero ser distinto. Prefiero ser único. Si eso significa ser discriminado, bienvenido sea.

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